Pasaporte a la memoria: la historia de mi abuela

Una revolucionaria para su época: mezcló la medicina con la maternidad, cuidó de sus hijos, dirigió el hogar, y ejerció la pediatría hasta que se jubiló

San Vicente, fue el primer barrio obrero que creó el Estado provincial en la ciudad de Córdoba. Ahí, en una de las 99 casas igualitas y estilo neocolonial que se terminaron de inaugurar en 1927, nació mi abuela. Corría la madrugada de mayo de 1929 y una joven pareja Siria esperaba su primer hija.

Delia Neuman, la mamá de mi papá, nació en el seno de una familia árabe: todos sirios nativos de Hama, que huían a América, para distanciarse del hambre y la miseria que desataba el Sultán a principios del siglo 20. Su mamá, Margarita, traía desde Asia otra cultura. Tal vez, para empezar a contar esta historia debería partir de ahí: si bien ambas cumplían el 15 de mayo, tenían las mismas manos para la cocina árabe y sólo se llevaban 17 años, eran diferentes.

Mi abuela, tan determinada, tan soñadora, tan impulsiva, decidió llevar las riendas de su propia vida. Margarita, su madre, se casó a los 14 años con Magid, quien en ese momento tenía 22 y sería el padre y principal animador de los sueños de Delia.

Me cuenta que, cuando apenas tenía 14 años, como era común en la cultura árabe y se replicaba en las familias que habían migrado al mismo lugar, un joven adinerado le pidió a los padres de mi abuela su mano. Espantada, ella se negó rotundamente porque sabía que eso le «cortaría las alas». También me cuenta, un poco nostálgica, que su madre nunca lo entendió, pero su padre supo comprender que era una chica diferente a las demás, que nadie la pasaría por arriba, ni le borraría los sueños.

En 1943 ya tenía 15 años y los objetivos bien claros: quería ser médica y madre. Dos vocaciones que difícilmente se podían pensar unidas en esa época. Fue Magid, su padre, quien le brindó la posibilidad de estudiar una carrera universitaria y la inscribió al Liceo Nacional de Señoritas para que haga la secundaria.

«‘Delia, ¿usted quiere ser maestra o quiere estudiar otra carrera?’ – me preguntó mi papá. -Yo no quiero ser maestra. ‘-Entonces tiene que hacer el bachillerato’«, escribiría mi abuela en su libro Pasaporte a la Memoria unos 70 años más tarde. «Gracias papá. Sin tu amor y tu inteligencia, no hubiese llegado», agregaba.

Simultáneamente, Margarita y Magid, preocupados por la difícil situación que estaba viviendo el almacén que se habían puesto en el barrio San Vicente desde que arribaron a Córdoba, decidieron alquilar una pensión de estudiantes universitarios en plena calle Chacabuco y llamarla «El Cairo». A los pocos años se mudó toda la familia. Según mi abuela, ahí pasó grandes años de su vida: decidió estudiar medicina, se recibió, trabajó, se enamoró y se casó.

«La década de los veinte, ¡Qué década maravillosa! Es la década de las decisiones y los proyectos. De la fuerza joven, que moviliza e impulsa las realizaciones para avanzar con paso firme y seguro, hacia los tiempos venideros»

Y así fue, en marzo del 49′ mi abuela entró a la Facultad de Medicina de la Universidad Nacional de Córdoba. Su vocación estaba segura: quería ser médica pediatra. En esos años, era difícil hallar mujeres que estudiasen en la universidad y mucho más mujeres médicas: ‘¡No tenés pinta de médica, sos coqueta, te arreglás, vestís a la moda!‘, le decían sus conocidos. Pero ella siguió firme, definida, determinada y con el apoyo insaciable de su familia.

Mientras me cuenta esto, mi imagen mental es el campus de ciudad universitaria, tal como lo conocemos ahora. Hasta que, alertada por sus relatos sobre el histórico Hospital Clínicas y la Maternidad Nacional, me di cuenta que dicho campus aún no existía. Las cursadas, exámenes y prácticas se dictaban en los hospitales durante los siete años que duraba la carrera.

El tiempo pasaba y mi abuela estaba en cuarto año cuando ingresó como practicante menor agregada al Hospital de Niños. Al mismo tiempo, llegaron a la pensión tres hermanos. Los hermanitos Uribe, venían de un campo ubicado en Carhué, provincia de Buenos Aires, a estudiar en la Universidad Nacional. Dos de ellos ingresaron a medicina y Agustín, el más grande, se enamoró perdidamente de mi abuela.

Ella tan divertida y él tan secote, tan serio, tan intelectual como lo define. Durante varios años no creyó lo que todos sus demás pretendientes le anticiparon: ‘Delia, usted se va a terminar casando con Uribe‘. Poco a poco y sin darse cuenta, el contexto político de la Argentina de esos años terminaría de evidenciar los sentimientos de Delia hacia Agustín.

Llegó la Revolución Libertadora de 1955 y las cosas empezaron a cambiar: un año paralizado el país también dejó sin efecto la Universidad Nacional de Córdoba. Mientras tanto, Delia seguía como practicante en el Hospital de Niños, donde además atendían a heridos adultos que llegaban de las oscuras calles cordobesas, y los Uribe se volvieron a su campo.

Pasado el verano, cuando regresaron, mi abuela se dio cuenta que definitivamente el amor de Agustín era correspondido. A partir de ese momento, no se separaron: estudiaron juntos y, el día en que rindieron una de sus últimas materias, también rindieron para ser practicantes por concurso en los hospitales provinciales. Así fue como, desde 1956, Delia fue practicante mayor en el Hospital de Niños y Agustín en el Hospital Córdoba.

Se recibieron en marzo de 1957 y se comprometieron a los meses. Mi abuela, si bien ya era médica, mantuvo su puesto como practicante mayor. En enero del año siguiente se casaron y en 1959 tuvieron a su primer hijo. Durante los siete años y medio posteriores, tendrían seis hijos en total. Cumpliendo así su otro sueño y su más fuerte vocación: la maternidad.

Mientras ejercía su profesión en el Hospital de Niños, la nombraron Médica Pediatra del Concejo de Protección al Menor. Con sus hijos recién nacidos y la demanda que necesitaban que Delia jamás dejó de lado, decidió renunciar al Hospital de Niños para así tener tiempo con los seis pequeños. Al mismo tiempo, inició la especialidad en minoridad que se le sumaría a la de pediatría tres años después.

En la tesis del postgrado en minoridad, mi abuela eligió un tema que la tocaba de lleno. Es que mi tío Agustín, «El Agu», el primer hijo y el tesoro de la familia, nació con retraso mental. Así, decidió visitar todos los institutos, escuelas y establecimientos que se dedicaban a esa enfermedad y, al ver que ninguno contaba con un equipo multidisciplinario, realizó una crítica que recibió un sobresaliente.

Siempre entremezclando su profesión con la maternidad, mi abuela cuidó de sus hijos, dirigió el hogar, y ejerció la pediatría hasta que se jubiló. Desde ese momento, cuando sus hijos ya estaban en el período universitario, se dedicó exclusivamente a ellos: «Creo que fue otra de las mejores etapas de mi vida», me contó el otro día.

Definitivamente, hoy decido homenajear a mi abuela, una revolucionaria para su época, tan inteligente, tan hermosa, tan chispita, quien logró cumplir y mantener unidos sus dos mayores deseos: la maternidad y la medicina. Capaz, para nosotros que lo vemos a lo lejos, hubiera sido difícil romper con imposiciones de décadas pasadas, pero ella siempre estuvo segura de si misma.

Hasta el día de hoy, con sus 90 años, la lucidez mejor que cualquier persona, y con mi abuelo escoltándola desde el cielo, sigue sabiendo llevar las riendas de su vida. Siempre al lado de su otro compañero de vida, mi tío Agustín, quien alegra y llena de vida todos sus días, todos nuestros días.

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