Todo está guardado en la Memoria

El mediodía del 23 de marzo de 1976 un grupo de fuerzas armadas irrumpió en la pensión estudiantil donde vivía mi papá, Daniel “Coco” Gatti, en la ciudad de Santa Fe. A 45 años de la última dictadura cívico-militar y eclesiástica, mantener viva la Memoria es tarea de todos
Dibujo de Daniel Osvaldo Gatti

Una mano encadenada, las líneas marcadas en una pared para que la oscuridad de la celda no encubra del todo el paso del tiempo, cada una representa un día más, o un día menos, donde la tortura y la impunidad no salieron victoriosas. Quienes sobrevivieron a los tormentos de la dictadura y recuperaron la preciada libertad, luego de permanecer ilegítimamente privados de ella, llevan las marcas en la piel y en los ojos que enseñan. 

Mantener viva la Memoria se vuelve, entonces, una tarea de todos los días que nos compete a todos por igual, y se manifiesta en múltiples formas: saliendo a las calles a pie, de manera virtual, o en caravana, en una rosa de papel con un nombre, en la foto de un desaparecido, en un pañuelo blanco, en la entereza de los familiares que todavía buscan y, en mi vida, en la mirada sobreviviente de mi papá.

El mediodía del 23 de marzo de 1976 un grupo de fuerzas armadas irrumpió en la pensión estudiantil donde vivía mi padre, Daniel “Coco” Gatti, en la ciudad de Santa Fe. Él tenía 20 años, era estudiante de Ciencias Económicas y militaba en la Juventud Universitaria Peronista. Desde ese día fue encerrado y sometido a diversas formas de tortura en la Seccional Cuarta, en el centro clandestino de detención “La Casita”, en la Guardia de Infantería Reforzada, en la cárcel de Coronda, en Caseros y en la cárcel de La Plata, hasta su libertad en 1982.

Fue en 1979 cuando la Comisión Interamericana de Derechos Humanos comenzó una ronda de visitas a las unidades carcelarias y una serie de entrevistas con presos políticos, familiares y organismos. En ese contexto, mi papá fue elegido por sus compañeros para memorizar todos los datos que se reunieran en el pabellón sobre los centros de tortura y los torturadores, nombres de detenidos, desaparecidos y fusilamientos, para garantizar que llegaran a la CIDH. Dicha información fue entregada oralmente y luego los representantes del organismo solicitaron a cada detenido su denuncia escrita.

El 12 de marzo de 1982 mi papá recuperó su libertad condicional y ese fue sólo el comienzo de una lucha que seguiría presente en él y en sus compañeras y compañeros de Santa Fe. Pasaron 36 años, hasta que en el 2017, sentenciaron a los responsables de esos tormentos. Mi papá, fallecido en 2012, no estuvo para verlo, pero la Justicia llegó y fue el producto de esa tarea incansable por mantener viva la Memoria. 

Transformar la tragedia en sustancia memoriosa

La vida después de aquel horror siguió, y 11 meses después de recuperar la libertad, se casó con Graciela Aguinaga y comenzaron a formar esta familia de la que soy parte. 

Pero, las marcas de la tortura no son propias del cuerpo sino que se hacen carne en la memoria, y están en la mirada contemplativa de los paisajes, en la forma de ver y enseñar la vida, en su oficio de periodista, en sus dibujos y cuentos, porque también era artista. Recuerdo escucharlo decir que la vida después de ese tormento para él era un regalo, ya que fueron seis años donde cada día que pasaba despertaba -si es que dormía- sabiendo que podía ser el último, como fue para muchos, más de 30.000. 

¿Cómo no alzar las banderas de la Memoria, la Verdad y la Justicia? Lo que siguió después de eso fue toda una vida de dar testimonio: en tribunales y en la vida diaria. Los fuertes ronquidos podían confundir, pero una pluma cayendo al suelo bastaba para despertar a mi papá de cualquier siesta profunda, la Memoria siempre habitó nuestra casa.

Mi papá falleció el día antes de mi cumpleaños número 16, paradójicamente un 3 de mayo, Día Mundial de la Libertad de Prensa: periodista, escritor y artista visual, su partida no podía ser menos poética. Por mi corta edad no llegué a preguntarle todo lo que me hubiera gustado, la idea de encontrarme con una mirada vidriosa o triste solían frenarme. Ya sin él conocí los detalles, pero por entonces me limitaba a escuchar con atención las anécdotas que venían sin preguntar, como la del recuerdo del último llanto.

Una tarde de paseo durante mi infancia me contó sobre las lágrimas que brotaron de sus ojos cuando se enteró de que su madre nunca, en sus años de desaparecido, lo había dejado de buscar. Trabajadora y madre de tres hijos, desde sus posibilidades nunca dejó de preguntar por él, y en cuanto supo que estaba encarcelado en Buenos Aires, viajó para verlo. 

Al día de hoy, muchas familias anhelan un reencuentro, esperan novedades, Verdad y Justicia, y es nuestra tarea de todos los días encargarnos de que los 30.400 desaparecidos y desaparecidas de la dictadura cívico-militar-eclesiástica sigan estando presentes a través de la Memoria, como así también el seguir dando pelea ante cada nuevo intento de violación a los derechos humanos. De otra forma, no hay Nunca Más.

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