De Santiago Temple a Líbano: Una historia de encuentros en el Día del Inmigrante

Viajó cientos de kilómetros para desandar el camino que hicieron sus antepasados y volver a conectarse con sus raíces libanesas

María Emilia Piñol nació y creció en la localidad de Santiago Temple, aunque sus raíces se encuentran mucho más lejos, más precisamente, en el país donde nacieron sus bisabuelos maternos: Líbano.

A pesar de también tener ascendencia italiana y española, María Emilia siente una gran conexión con su costado libanés. «Tengo mis raíces más arraigadas con mi familia de Líbano», expresa, en diálogo con Hablando Claro antes de comenzar a desandar su relato. En el día del inmigrante, una historia llena de idas y venidas, encuentros y desencuentros, viajes y mucha cultura.

En 1903, sus bisabuelos llegaron al Puerto de Buenos Aires. Momento en el que se produjeron las primeras «olas migratorias» de los libaneses. Huyendo de la guerra, esta familia formó parte de los millones de extranjeros que se radicaban en la Argentina para comenzar una vida desde cero. Pero no fue fácil. Llegaban con poco dinero, otro idioma y una cultura totalmente diferente.

«Mis ascendentes estuvieron en el Hotel de los Inmigrantes (Buenos Aires) un tiempo, y después vinieron a Córdoba, específicamente a Santiago Temple», cuenta María Emilia, pero asegura que «aún no está claro por qué se instalaron en el pueblo». «Mi abuelo era el menor de once hermanos, por lo que llegué tarde a preguntar», explica.

Además, agrega que no fue fácil para ellos entablar relaciones con otros libaneses, ya que Santiago Temple era un pueblo muy pequeño y no contaba con comunidades culturales, tal como pasó en otras ciudades como Córdoba, Santiago del Estero o Salta.

El problema con el apellido

Fue en el mismo puerto, minutos después de bajar del barco, cuando comenzaron a sortear los obstáculos. Los bisabuelos de ella, que llegaron junto con su pequeño hijo de tres meses, se apellidaban Andraos. Sin embargo, cuando se registraron en migraciones, fueron anotados como Andres.

Así empezó la odisea de esta familia que había dejado en su país natal a su hijo mayor, a sus seres queridos y, a partir de ahora, a su propio apellido. Mucho tiempo después, cuando el único hijo que había quedado en Líbano arribó a la Argentina, demostró fehacientemente que su apellido no era tal y comenzó los trámites para modificarlo.

Sin embargo, tampoco el nuevo apellido era el original. «Pusieron Andrawos, pero en Líbano cuando decís ese apellido no te reconocen y te aclaran que es Andraos», detalla María Emilia haciendo referencia a los viajes que realizó al otro continente para conocer sus orígenes.

«Le pasó a casi todos los inmigrantes que llegaron a Argentina, los anotaban mal cuando entraron y jamás se hizo el cambio», explica.

Su visita al Líbano y su identificación con la cultura

María Emilia tuvo la suerte de poder viajar a la tierra de sus antepasados en varias oportunidades para conocer a su familia libanesa, acercarse a sus costumbres y explorar sus formas de vida.

El día en que llegó al pueblo indicado, se sorprendió por la amabilidad de la gente que, sin conocerla, le ofrecía ayuda para que encuentre a quiénes buscaba. «Me daban instrucciones y me acompañaban. Todo el mundo dejó de hacer lo que hacía para atenderme a mi», relata.

Un desconocido la acompañó en el recorrido y, cuando por fin encontró la casa que buscaba, sólo bastó mencionar el nombre de su bisabuela para que el hombre que la observaba desde la ventana de un segundo piso salga a su encuentro.

«El hombre que me había acompañado le gritaba en árabe sobre sus antepasados. Mi tío respondió que su tía se llamaba como mi bisabuela y bajó corriendo», se emociona María Emilia. El abrazo que le siguió a esa pequeña conversación acabó con las distancias que las guerras, los apellidos y los años se habían empecinado en prolongar.

«Mi tía se asomó por la otra ventana y me gritaba desde ahí que suba, que qué hacía en la calle», continúa relatando la joven y explica más sobre el árbol genealógico de su familia: «Mis primos son de la misma generación que soy yo y su padre es el nieto de un hermano de mi bisabuela. Esa sería la familia pequeña que tengo en el Líbano».

Las costumbres que conserva

Nunca imaginó que en ese viaje no sólo iba a reencontrarse con sus familiares, sino que también iba a entender más sobre su personalidad.

«Cuando fui a Líbano por primera vez entendí muchas cosas de mi forma de ser, de tratar a las personas, de comunicarme con la familia, de todas esas cosas que me identifican más con los libaneses», dice Emilia e invoca a una frase recurrente entre los suyos: «La sangre libanesa es más pesada que cualquier otra sangre».

Para ella, lo mejor de ese país es la gente y los define como «súper amigables». Cuenta que los libaneses se identifican por expresar fraternidad con personas que acaban de conocer, hablar a los gritos y mover mucho los brazos al hacerlo. También suelen abrazarse «todo el tiempo» y «son los número uno en hospitalidad y cordialidad». «En las casas siempre tienen una pila de sillas porque están listos para que les caigan 20 o 30 personas», ejemplifica Emilia, quien encuentra todas estas características en ella misma.

Otra de las cosas que le quedó de sus antepasados fue la comida. Platos típicos como keppe, hummus, niños envueltos y tabule ahora recorren la mesa familiar, haciéndole honor a sus raíces.


Más de un siglo pasó entre el viaje de sus bisabuelos a la Argentina y el viaje de Emilia al Líbano. En el medio, numerosas transformaciones sociales se sucedieron hasta que, finalmente, llegó el reencuentro que terminó de escribir el final feliz de una de las tantas historias sobre inmigración que colecciona nuestro país.

En el Día del Inmigrante, un reconocimiento a todos los hombres y mujeres que llegaron a la Argentina desde diversas partes del mundo y que hoy son parte de nuestra cultura.

Redacción: Paula Uribe Echevarría y Alejandra Boccardo
Corresponsalía: Fernanda Bandín

Mirá también:

Categorias
CulturalesEntrevistas

NOTAS RELACIONADAS