De la tranquilidad de Timón Cruz al campo de guerra en Malvinas: la historia de Miguel Pintos

El 14 de junio de 1982 Argentina firmó el documento de rendición y las tropas se retiraron de Malvinas, poniendo fin a un enfrentamiento bélico que marcó de por vida la historia del país y, sobre todo, a los jóvenes soldados.

A 38 años del enfrentamiento, la memoria de la Guerra de Malvinas continúa impregnada en todos los argentinos, pero sin ninguna duda, los relatos de quienes estuvieron allí y lo vivieron en carne propia nos permiten observar la dimensión más humana del conflicto.

Así es el caso de Miguel Alejandro Pinto, nacido en 1962 y, por lo tanto, perteneciente a la llamada “Clase 62” marcada por los jóvenes que debieron ir a la Guerra de Malvinas. Como muchos de su clase, cumplió el servicio militar obligatorio que inició el 16 de marzo del año 1981 en el Regimiento 8 de Comodoro Rivadavia.

Miguel, el mayor de 14 hermanos, nació en la zona de Timón Cruz, aledaña a Diego de Rojas en el Departamento de Río Primero. Vivió una infancia tranquila acompañado por sus padres, tíos, abuelos y hermanos. Allí no sólo realizó sus estudios primarios, sino que también se crió como «todo chico de campo», rodeado de animales y naturaleza. Sin embargo, como era común en la Argentina de esos años, al cumplir la mayoría de edad debió hacer el Servicio Militar Obligatorio.

El sorteo por la radio y el 524:

“Lo vivíamos con ansias y con un poco de miedo, porque yo tenía a mis tíos, a mis padres. Todos habían hecho el servicio militar y siempre nos contaban cómo era, cómo se vivía y lo duro que era”

“Había un poco de recelo en ese sentido, pero también pensaba que era una oportunidad para conocer gente, salir del campo a la ciudad, una cosa grande en ese tiempo para un chico de campo. Me gusta eso, salir, andar, conocer”

“Escuchábamos por la radio el sorteo. Me acuerdo que mis abuelos siempre escuchaban y decían el número de orden de documento. Ahí uno tenía que estar atento. Yo tenía el 524”

“Primero me llevaron al batallón 141 de la ciudad de Córdoba donde me hicieron la revisión médica. De ahí me llevaron, junto a otros, un montón, al Regimiento 8 de Infantería de Comodoro Rivadavia”

El 16 de marzo de 1982 no fue un día cualquiera para Miguel, aquel día cumplió un año en el ejército. Ya de civil y a punto de volverse a casa, le avisan a él y a otras cincuenta personas que no, que no volverían pronto. La noticia los sorprendió por completo porque en el Regimiento había muy poca comunicación:

«A nosotros, (al año) no nos avisaron nada, no teníamos ninguna noticia porque, como gobernaban los militares, gobernaban todos los medios. La radio era imposible de escuchar en el Regimiento»

Cuando dijeron: «una guerra»

“Nos pusimos la ropa de nuevo y nos volvieron a entregar armamentos. Ahí fue cuando nos dijeron que íbamos a ir a Malvinas, no nos dieron opción”

«En ese tiempo, ni mis padres ni yo podíamos comunicarnos, porque claro, te mandaban una carta y llegaba a los dos meses. Mi familia lo era todo para mí, era joven y necesitaba tener esa comunicación»

“Me acuerdo que el jefe del grupo, con quien habíamos pasado tantas cosas juntos, me decía que no les avise a mis padres, que iba a ser muy duro para ellos: ‘me gustaría que no les avises, ellos se van a enterar. Es más, de acá los van a llamar’, me dijo”

Miguel, que en lo primero que pensó cuando recibió la noticia fue en sus padres, decidió seguir el consejo de su jefe de grupo, en ese momento su amigo más cercano. Al final, su familia recibió una carta recién cuando fue nombrado «Soldado Dragoneante de Malvinas», donde las autoridades del ejército «les comunicaban, les agradecían y los felicitaban» por su nombramiento.

En esa época, la madre del joven Miguel tenía 38 años y su padre 45. Afuera de toda la milicia, los padres se enteraron antes que él de su partida a la guerra, gracias a las listas que circulaban de los regimientos que asistirían a Malvinas. Miguel no supo nada de esto hasta que volvió a verlos.

“Cuando dijeron ‘una guerra’ el momento fue feo, pero también me sentía orgulloso. Como hacía ya un año que estaba ahí (en el Regimiento) no era que estaba preparado para una guerra, pero estaba hecho y me gustaba ser militar»

«Sentía tristeza por mi gente, que a lo mejor no me volvían a ver, pero al mismo tiempo sentí orgullo era convocado por mi patria a defender las Islas Malvinas»

La vida en la guerra: sol tibio, incógnitas y compañerismo

«Cuando subimos al avión de Comodoro Rivadavia a Malvinas, nos habló todo el camino el jefe de la compañía: que luchar, que ir, que pelear, que buenos soldados, que armas, que deber. Una charla muy larga y motivacional»

«Cuando llegué ahí el 5 de abril de 1982 y pisé la tierra de Malvinas para mí fue inolvidable. Una emoción tan grande que hasta se me caían las lágrimas»

Los seis integrantes del grupo estuvieron los primeros días en Puerto Argentino, para luego trasladarse a Bahía Fox, lugar que Miguel describe como una isla pequeña donde había criadero de ovejas y grandes estancias, con pocos pobladores y muchos cerros.

«Allá los días son muy cambiantes, a lo mejor te levantas a la mañana y hay un viento terrible, a las doce del mediodía está lloviendo y a la noche está nevando.El sol es tibio, sale recién a las nueve de la mañana y a las seis de la tarde ya oscurece»

«Vivíamos en un pozo, eramos seis contando al jefe del grupo. Si bien por ahí charlábamos, también había veces que nos atrapaba un silencio grande. En esos momentos, aparecía en la mente la familia, el regreso, ¿iré a regresar?. Luego sucedía algo y ya dejabas de pensar»

«A medida que pasan los días, ya dejas de pensar en la muerte, sino que pensas en seguir. Es como si uno… no valiera»

El regreso: una mirada, una lágrima, un abrazo, lo decían todo

«Me acuerdo, me acuerdo muy bien, que cuando volvimos de Malvinas nos decían inútiles, nos culpaban a nosotros de haber perdido la guerra. Me daba tanta impotencia, era muy injusto que a nosotros, habiendo dejado la vida ahí, nos digan esas cosas»

«Mi familia nunca me preguntó nada de lo que había pasado allá, porque no quiere que recuerde eso. Cuando ve este tema en la televisión llora. Yo cuando lo veo me retiro, porque no me queda otra. Para ellos es muy duro, lo vivieron muy a fondo»

Al reencontrarse con su familia, simplemente bastó un abrazo, una lágrima, una mirada. Para Miguel, «eso lo decía todo» y no hacían falta las palabras. Sin embargo, para ningún excombatiente fueron fáciles los primeros años de posguerra. El estigma de la sociedad y los resabios físicos asecharon a Miguel durante una década.

«Los primeros diez años fueron horribles, eramos despreciados por la sociedad. Cuando buscábamos trabajo y decíamos que eramos excombatientes nadie nos quería, hasta sé que varios conocidos perdieron el trabajo por esta causa»

«Uno vive la guerra todos los días, siente un portazo y, si lo agarra descuidado, lo hace estremecer. Lo lleva adentro, o un grito, un helicóptero, un avión, cualquier cosa se siente»

«Hoy lo vivo de otra forma, porque soy una persona muy convencida de que la guerra no se la saca ni un médico, ni un psicólogo. Que un profesional pueda ayudar a llevar mejor esta vida si, pero que lo cure de eso no»

A medida que pasa el tiempo, Miguel, y tal vez muchos otros excombatientes, se encuentra en una sociedad más comprensiva, que lo hace «sentir más reconocido» y le permite vivir «más tranquilo y relajado». Sin arrepentirse de nada y con un orgullo que le sale del alma, reafirma su compromiso con la patria y dice: «si tuviera la suerte que me convoquen de nuevo a defender mi patria, sería un orgullo muy grande».

«Siempre pido lo mismo, que por favor no se olviden de los héroes de Malvinas, los héroes que quedaron allá», cierra emocionado.

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Entrevistas
Paula Uribe Echevarria

Lic. en Comunicación Social- Facultad de Ciencias de la Comunicación- Universidad Nacional de Córdoba

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