El amor después del amor: Se reencontraron luego de 60 años y hoy están casados

Cuando Blanca “Quica” Machado cumplió ochenta años, una llamada telefónica la sorprendió. Aunque no se lo esperaba, ella supo de quién se trataba apenas lo escuchó. Había guardado el...

Cuando Blanca “Quica” Machado cumplió ochenta años, una llamada telefónica la sorprendió. Aunque no se lo esperaba, ella supo de quién se trataba apenas lo escuchó. Había guardado el timbre de su voz en algún rincón de su memoria y, después de más de 60 años, supo que esas palabras de felicitaciones provenían de aquel hombre con el que había coincidido en su juventud. 

Aún así, él se presentó. “Soy Eduardo”, le dijo, expectante por conocer su reacción. Para su alegría, Quica tenía buenos recuerdos de él y la conversación fluyó como lo hacía en antaño. Varias veces volvieron a hablar, hasta que un día decidieron encontrarse. 

Tras haber recorrido toda una vida por separado, Eduardo y Blanca volvían a coincidir. 


Corría el año 1953 cuando sus miradas se cruzaron por primera vez. Fue en el casamiento de la hermana de ella, una fiesta que marcaría sus vidas hasta el día de hoy. Él tenía 20 años y, cuando invitó a bailar a aquella jovencita de 18, no se imaginaba que seis décadas más tarde se iba a casar con ella. 

“Bailamos toda la noche”, recuerdan los dos, en comunicación con Hablando Claro. Ese fue el inicio de una relación que mantuvieron por diez meses, tratando de sortear las dificultades de vivir a 60 kilómetros de distancia, en una época donde los sistemas de comunicación imposibilitaban el contacto diario. «A través de todo ese tiempo, habré ido a visitarla cinco o seis veces», cuenta Eduardo, cuya familia no contaba con un auto propio y debía utilizar el transporte público para viajar.

Él fue el primer novio que Blanca llevó a su casa y los padres de ella lo recibieron con todos los rigurosos rituales de aquella época: tenía que pedir permiso para verla y rogar que ellos lo aceptaran. Eduardo tuvo suerte porque era militar y a Don Machado le caían bien los hombres que ejercían esta profesión.  

Ninguno de los dos recuerda una razón puntual por la que dejaron de verse en su juventud y le atribuyen la culpa a la dificultad de lograr encontrarse. Los medios de transporte eran muy diferente a lo que conocemos ahora y no había horarios de colectivos tan frecuentes.  Además, mantener correspondencia se complicaba porque ella residía en una zona rural donde no había servicio postal, por lo que tenía que viajar al pueblo para mandar cartas. «La distancia hizo que dejáramos de vernos», relata Eduardo.

El tiempo pasó y ambos siguieron sus caminos. Encontraron a otras personas que eligieron de compañeros para formar una familia y así siguieron transitando por la vida. Blanca tuvo dos hijos y Eduardo tuvo tres. 

A mediados de los años ‘80, sin embargo, hubo un “encuentro accidental”. Eduardo trabajaba como viajante y, en una de sus paradas habituales para almorzar, entró a un restaurante de la localidad de Río Primero. Los dueños de ese lugar resultaron ser Quica y su esposo. 

«Nos miramos y nos vimos cara conocida, hasta que nos dijimos el nombre y supimos quiénes éramos. Fueron 2 o 3 minutos que charlamos nomás, porque yo estaba para almorzar y ella estaba trabajando”, cuenta Eduardo. 

Ese episodio pasó así, veloz y confuso, en medio de la rutina diaria de ambos. Y el tiempo siguió su curso. Quica quedó viuda a los 50 años y, en ese entonces, nunca se hubiese imaginado que volvería a casarse. 

En el año 2014, Quica cumplió los ochenta y su familia decidió organizar una gran fiesta para celebrarlo. Fue a través de una amiga en común que Eduardo se enteró que ella aún vivía y decidió hacer la llamada que los iba a volver a conectar. 

El día en que la llamó, hacía dos años que Eduardo estaba viudo y transitaba por la vida con el pesar de la soledad. Aún teniendo a una familia muy presente, él sentía que necesitaba a alguien más. «A mi lo que más me está afectando es la soledad. Necesito tener una compañía», solía decirle a sus hijos. Fue por eso que ellos reaccionaron favorablemente cuando se enteraron que iba a ir a visitar a un viejo amor.

El encuentro fue en la casa de Quica y los hijos de ella estuvieron presentes para “asegurarse que se trataba de una buena persona”, tal como recuerda.

Eduardo dice que el hecho de que ambos hayan estado viudos “fue un alivio para iniciar nuevamente una relación”. Y, aunque en un principio no estaban seguros qué iba a resultar de aquel encuentro, ambos descubrieron que era el momento para seguir cultivando lo que un día había comenzado a germinar.  

Tal fue así que, después de un año de noviazgo, decidieron irse a vivir juntos. Pero, para ellos, tomar esa decisión significaba tener que casarse. “Nosotros somos de la época que no hay que juntarse en pareja. Para vivir juntos, había que casarse. Así que decidimos que si queríamos estar juntos, nos teníamos que casar”. Fue así como, en el año 2015, Eduardo y Blanca se casaron en una ceremonia en la que sus hijos oficiaron de testigos. 

“Son cosas que a uno le ocurren en la vida sin planificación, porque uno no puede imaginarse lo que le va a ocurrir después de 60 años”, expresa hoy Eduardo con 87 años y agradece haber podido reencontrarse con Quica para “reanudar esta sensación de felicidad, alegría y satisfacción”.  

Ahora, se acompañan en cada paso que les resta por hacer en este camino y no dejan de lado las aventuras. Quica comenta que han viajado por el país de norte a sur y, además, visitaron juntos Italia. 

“A la edad que uno tiene, lo que más se aprecia es la compañía y que uno pueda ayudarse mutuamente para terminar nuestra existencia lo mejor posible”, expresa Eduardo y deja entrever que, el cariño que se tienen hoy es muy diferente al que solían sentir cuando eran jóvenes, pero quizás por eso, sea más real. 

“A esta altura, el amor pasa por ser más un amigo, un compañero”, concluye. 

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