Madre soltera y el desafío de adoptar

Constanza tenía 38 años cuando decidió que quería ser madre. Fue ahí cuando comenzó a transitar el dificil camino de la adopción.
Foto ilustrativa

La adopción es uno de los caminos que muchas personas eligen para concretar el sueño de formar una familia. Sin embargo, ese camino resulta demasiado difícil de transitar. Las cuestiones legales, la burocracia y los tiempos de espera juegan un papel principal.

Una de estas historias es la de Constanza, que a sus 38 años sintió el deseo de ser madre. Para ella era un doble desafío, ya que sería madre soltera. Exploró, entonces, las opciones disponibles para una mujer soltera y decidió que la adopción sería la más adecuada. «Yo creo que los hijos son productos del amor», dice.

Siguió su deseo, y fue así que en el año 2000 se inscribió en el Registro de Adopción en Tribunales de Villa María. En aquellos tiempos, cuando apenas comenzábamos a tener celulares en nuestros bolsillos, Constanza sentía que no debía despegarse de aquel aparato. «Me parecía que en cualquier momento me iban a llamar y por lo tanto, no lo tenía que abandonar en ningún lado», recuerda.

Pero el tiempo pasaba, y la llamada no llegaba. Sin darse por vencida, viajó a otras provincias para inscribirse en otros registros porque, en ese momento, existía un registro diferente en cada provincia. «Iba sola, no tenía un marido que me acompañe», comenta. Esto jamás la detuvo. Su familia la apoyaba incondicionalmente, y ella comenta: «Una nunca adopta sola, porque ese niño que una adopta se incluye dentro de una familia».

Largas horas de viaje tampoco le brindaron la posibilidad de ser madre. Cansada de esperar, se inclinó por otra de las formas posibles de concretar la adopción: comenzó a informarse sobre la posibilidad de hacerlo de manera directa, es decir, que una madre biológica decida entregarle a su bebé.

Así fue que después de tres años, ya en el 2003, encontró a quien le cumpliría el sueño más preciado que tenía. Se enteró de que había una mujer en Córdoba que quería dar en adopción a su bebé. La conoció en sus últimos meses de embarazo y, cuando la beba nació, se la entregó en sus manos. “La mamá biológica de mi hija es una persona a la que yo le agradezco eternamente, alguien que jamás me pidió nada. Ella simplemente no quería hacerse cargo, sólo quería un hogar para su hija”.

Tal como lo dispone la ley, la niña tiene que estar anotada con el apellido de su madre biológica primero y luego, se puede solicitar la guarda judicial con fines de adopción. Así lo hizo Constanza y luego de dos años, su hija llevaba su apellido.

«Fue un proceso hermoso, distinto al de llevar un hijo en la panza. Pero tan cargado de amor, de expectativa, a veces, de angustias que se vive como un embarazo», destaca.

Feliz y esperanzada de haber vencido todas las barreras, quiso darle un hermanos a su hija. Por eso, cuando surge el Registro Único de Adopción en el país, Constanza vuelve a anotarse. Como ella ya estaba registrada desde antes, su nombre figuraba en el número 11 de la lista.

“Pero el número del orden no se respeta a rajatabla. Porque yo me enteré que tal persona recibió un bebé, cuando a mí me habían dicho que yo era la siguiente en la lista. Ahí te das cuenta que hay caminos que se abren a través de la amistad con alguien de más poder”

Pero un día, por fin, recibió un llamado. Había unas mellizas en adopción y querían saber si estaba dispuesta a adoptarlas. “Fui con dos bebesit para ponerlas en el auto” recuerda Constanza. Pero luego de cuatro horas de espera, le dijeron que, en realidad, se habían equivocado: “porque cuando yo llené la hoja de adopción, no marqué el casillero de hermanitos explica.

El dolor se hace presente en sus palabras cuando recuerda aquel momento: «Cuando lo hablé con mi primer hija fue muy doloroso. Un día le dije que iban a venir sus hermanitas y al otro día le tuve que explicar que no».

«Falta información. Nadie te informa de nada», dice Constanza y aconseja a quien quiera adoptar que siempre marque todos los casilleros. De esa manera, las posibilidades de adopción se amplían.

Para su sorpresa, luego de unos meses, la volvieron a citar: «me dijeron que vaya a las siete de la mañana y me hicieron pasar a las once». Sentada en aquel cuarto, sola, y tal vez, un poco aturdida, Constanza escuchó la dura historia de una nena que estaba en adopción. «Cuando terminaron de leer, me preguntaron ‘la querés’, así con esa frialdad, como si fuera un paquete», recuerda.

Necesitó un momento para llamar a su hermana. Necesitaba un respiro, necesitaba la seguridad de que todo iba a estar bien. Del otro lado del teléfono, escuchó a su hermana decir: «Los desafíos nunca nos achicaron». Y supo que esa nena iba a ser su segunda hija.

«La fui a buscar al lugar donde estaba. La alcé en brazos y me fui con ella. Nunca lloró, no había a quien extrañar. Había estado en ese lugar desde que nació y ya tenía un año y seis meses. Nadie le había enseñado a decir mamá», dice y nos rompe el corazón.

Hoy, Constanza puede decir que tiene una familia. Una familia que ella misma se esforzó por formar, después de mucho andar, de mucho esperar y sobre todo, de muchas dificultades que un sistema burocrático puso delante suyo.

Su historia visibiliza una realidad que muchas personas tienen que atravesar antes de poder adoptar niños en Argentina. En algunos casos, esas adopciones nunca se llevan a cabo y los adoptantes terminan por buscar otros caminos para poder ser padres o madres. Mientras tanto, miles de niños y niñas en el país pasan sus infancias en hogares de niños mientras crecen esperando que les llegue el turno de formar parte de una familia.

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