Memorias de Sergio López: El «Chaqueño» que revaloriza su lucha en Malvinas

Nació en un pueblo de la provincia de Chaco pero ahora reside en Villa Santa Rosa y, junto a otros ex combatientes, recolecta y entrega donaciones para niños en escuelas rurales

El 19 de junio de 1982 es recordado por muchas memorias argentinas como el día en que Puerto Madryn se quedó sin pan. Esa fue la fecha en la que el buque Canberra atracó en el muelle de Aluar y más de 4000 soldados desembarcaron en la ciudad patagónica.

Sergio López, oriundo de Chaco y ahora residente de Villa Santa Rosa, venía a bordo de esa embarcación comandada por el Ejército británico. Habían salido desde las Islas Malvinas apenas unos días antes dejando atrás una dolorosa guerra que los marcaría para siempre.

Pero aquel sábado de invierno, con el cálido recibimiento que los madrynenses les daban, se olvidaban por un rato de las atrocidades que habían visto y sufrido. Sergio recuerda a la gente corriendo atrás de los camiones en los que ellos viajaban, les estiraban las manos con tiras de pan y se las entregaban, al tiempo que le preguntaban si estaban bien y les daban la bienvenida a gritos.

«La ansiedad de comer pan era tremenda», dice él. Es que los chicos no habían podido consumir este alimento tan básico durante todo el conflicto armado. Fue así como se acabó el pan en todas las panaderías de la ciudad, que en aquella época contaba con más de 20.000 habitantes, y las familias comenzaron a llevar a los jóvenes soldados a comer a sus casas.

Sergio en un mural homenaje a los ex combatientes en Puerto Madryn

Para Sergio, en Madryn comenzó el regreso a su casa, de la cual había partido hacía casi dos años para cumplir el Servicio Militar Obligatorio en Paso de los Libres, Corrientes.

Tenía 18 años cuando lo llamaron para que brinde servicio en el regimiento, donde estuvo 17 meses antes de aquel dos de abril en el que se libró la contienda en Malvinas. Pero él y sus compañeros tardaron un poco más en llegar, iban como refuerzo y arribaron en Puerto Argentino alrededor del 14 de abril.

«No sabíamos lo que era una guerra», dice mientras recuerda lo felices que estaban cuando viajaban en ese tren que los llevó desde Corrientes hacia Comodoro Rivadavia. «Nosotros viajábamos como si estuviéramos yendo a ver un partido de Boca y River. Estábamos todos felices y contentos, siempre abrazados».

Cuando comenzó el conflicto en las islas, hacía casi cien años que Argentina no entraba en guerra. «Las únicas guerras que conocíamos eran las de los libros de cuando íbamos a la primaria». Pero esas eran muy diferentes a la que estaban a punto de conocer.

Sin embargo, Sergio se sentía bien preparado para cumplir su rol. Él era sección morteros, es decir, tenía que manejar un dispositivo con una base que dispara proyectiles explosivos. Pero cuando transportaban estas armas en helicópteros, los ingleses bombardearon y las perdieron. «Entonces teníamos que hacer guardia, dándole una mano a los otros chicos que tenían sus cañones».

La primer noche, en el estrecho San Carlos donde él estaba haciendo guardia, sufrieron los ataques británicos que bombardearon toda la zona con aviones y barcos. «Yo nunca tuve miedo porque tenía que mentalizarte que ibas a defender tu pellejo ahí», dice Sergio que era uno de los soldados que más confianza inspiraba en su sargento y por eso, varias veces lo dejó a cargo del resto.

El último dia de la guerra, mientras la mayoría de los soldados estaban en el frente combatiendo cuerpo a cuerpo, él junto con otros seis compañeros tuvo que ir a cubrir otra zona. «Tienen que ir a ver el espectáculo que va a dar el ejército argentino», les dijeron sus superiores y los llevaron a la cima de un cerro. «Ahí se veía fuego continuo», rememora Sergio mientras visualiza la panorámica que su posición le otorgaba.

Esa noche, rodeados por nieve y en medio de un frío desmesurado, se fueron a dormir en una pequeña casilla montada en la punta de la montaña. Alrededor de las 2 de la mañana, escucharon por la radio que el Ejército Argentino se había rendido. «Ahí me enoje con el Cabo Primero porque me había mentido». Sergio estaba desilusionado porque le habían hecho creer que iban a volver a casa festejando una victoria.

Cuando él y su grupo bajaron a la base, los ingleses ya estaban en su campamento y los argentinos formados en fila. «Así como llegamos, pasamos a desfilar para que nos carguen. Teníamos nieve hasta las rodillas».

Fue entonces cuando subieron a bordo del buque Canberra. Allí, los soldados argentinos se bañaron, se cambiaron de ropa y los que estaban malheridos fueron atendidos. «Nos dieron comida muy rica», recuerda. Cuatro días después llegaron a Puerto Madryn.

Sergio volvió a su pueblo natal, Roque Saenz Peña, donde pasó algunos años trabajando en el campo hasta que decidió mudarse a la provincia de Córdoba. Primero vivió Río Ceballos, luego en Salsipuedes, hasta que finalmente se instaló en la zona rural de Villa Santa Rosa.

El tiempo y su familia le ayudaron a sanar un poco las heridas que la guerra causó en él. «Ellos me ayudaron y me acompañaron mucho».

Pero en ese camino de recuperación, también encontró a otros compañeros que habían pasado por lo mismo que él. Junto a los ex combatientes de Santa Rosa, Miguel Pintos, Eligio Herrador y Pascual Torres, comenzó a visitar escuelas para dar charlas a los niños.

Hasta que un día, en uno de sus encuentros habituales, los cuatro veteranos decidieron que querían hacer más por los pequeños. «Una vez fuimos a una escuela rural que era muy humilde. Entonces, pensamos en que teníamos que hacer algo por esos niños».

El cariño y la ayuda que recibió Sergio cuando llegó a Puerto Madryn aquel invierno de 1982, ahora decidía replicarla en la región y acercarse a quienes necesitaban un poco de contención.

Fue así como, en julio del 2019, comenzaron una campaña de recolección de juguetes para llevar a una escuela rural y celebrar con los alumnos el día del niño.

«Aquella vez, íbamos a hacer una escuela y terminamos haciendo once», cuenta Sergio. Es que la gente de la región se sumó a colaborar y lograron acumular una gran cantidad de juguetes.

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Sergio siempre agradece a la comunidad por todo el apoyo que recibió a lo largo de su vida. «Nosotros siempre pensamos devolver un poco a la gente. Nos dieron cosas muy importantes».

Y agrega que el próximo proyecto tiene que ver con «traer un poco de cultura a la localidad, a través de diferentes escritoras».

Sergio dice que hoy esta bien, que se siente tranquilo. Para él, pasar tiempo recolectando donaciones y ayudando a los niños es una terapia. «A nosotros nos encanta ese abrazo y ese beso que nos dan los chicos de las escuelas rurales. Ellos valoran todo», concluye y agrega que lo seguirán haciendo por varios años más.

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