Mamá yo también quería ser tu alumna

Nora una mamá a todo terreno, docente rural que no entendía de horarios ni de días lluviosos

Recuerdo que mi mamá siempre llegaba a casa con una sonrisa. La escuchaba estacionar y me preparaba para ir a saludarla. Vestía un delantal azul que cada tanto tenía rastros de tiza. Yo tenía 10 años y hacía llegar mi abrazo hasta su cintura cada tardecita cuando volvía de la escuela.

Sus manos desprendían aroma a naturaleza y si me ponía quisquillosa podía encontrar algunas ramitas entre su cabello. Recuerdo que salía de casa muy temprano y volvía demasiado tarde. A la noche, era la última en irse a dormir porque se quedaba hasta la madrugada corrigiendo tareas y preparando actividades para sus alumnos.

Un día me invitó a ir al campo con ella. Viajamos por media hora a través de caminos de tierra descuidados y colmados de pozos. Sus alumnos llegaron en sulqui. Recuerdo el olor de los eucaliptos que crecían robustos alrededor de la escuela. El trinar de los pájaros, el viento a la hora de la siesta y las sombras que bailaban en el suelo.

Era otoño, y la escuela casi vacía apenas funcionaba de abrigo. Un poco de mate cocido agregaba el calor que las estufas no lograban aportar. Yo misma deseé ser alumna de mi madre aquella tarde.

Mi mamá era maestra, directora y portera al mismo tiempo. En una misma aula, niños de entre 6 a 12 años aprendían a leer, a escribir y a resolver problemas matemáticos. Entendí, entonces, la razón por la cuál se quedaba despierta hasta la madrugada.

No sólo era la responsable de que ocho estudiantes de diferentes edades desarrollen todo su potencial cognitivo, sino que también debía encargarse de las cuestiones administrativas y edilicias.

Para que la escuela sobreviva, cada año se celebraba una fiesta en la que toda la comunidad de Las Perdices y alrededores participaba. Ese encuentro, cuyo destacado eran los salames producidos especialmente para la ocasión, significaba tener fondos para el resto del año.

Mi mamá amaba ese trabajo. Lo amaba aunque tuviera que destinar una parte de su sueldo al taller mecánico que visitaba el Polo gris demasiado seguido. Lo amaba incluso cuando llovía y los caminos se tornaban intransitables. Lo amó también aquella vez en la que se quedó empantanada dos veces en un mismo día. Mi mamá amaba su trabajo porque entendía que si ella no lo hacía, sus alumnos perderían las clases a las que con tanto esmero asistían.

Ahí comprendí que mamá no era solo mía, sino que un pedacito se compartía con sus ocho alumnos. Aunque de chica no lo entendía, hoy escribo estas líneas con admiración por su entrega, por su vocación y principalmente por su amor. Madre, docente, portera, directora, mecánica y cuantas cosas más…¡Feliz día a mi mamá! que no me suelta la mano, pero me deja volar alto.

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