Córdoba ya no es la de antaño: crónica de un regreso en pandemia

Desde que el coronavirus arribó a la capital cordobesa, la vida en la ciudad percibió numerosos cambios. En esta crónica, un recorrido por esa nueva realidad

El 19 de marzo, a las 6 de la tarde, dejaba la ciudad mientras se sumía cada vez más en una incertidumbre difícil de controlar. Las calles ya estaban vacías porque, aunque la cuarentena no era oficial todavía, se presentía en el aire la llegada de ese miedo a lo desconocido que ya había arremetido en otras latitudes del mundo. Los espectáculos y los eventos deportivos ya habían sido suspendidos, los bares cerrados y el transporte público estaba a punto de dejar de circular. Con apuro, me subí al último colectivo que salía desde la capital hacia mi pueblo, Las Perdices, pensando que lo mejor iba a ser pasar las próximas dos semanas en casa con mi familia.

Pero esas dos semanas se terminaron por convertir en un impasse global que parecía nunca llegar a su fin. En la casa de mi infancia, por lo menos, podía aprovechar la improductividad de una pandemia para recuperar un poco de tiempo en familia como cuando éramos niños.

Cuando regresé a la ciudad, casi 3 meses después, me encontré con una Córdoba muy diferente. Al pisar las calles de la ciudad, pude percibir que la incertidumbre había dejado paso a la costumbre y ahora la pandemia era un espectro más entre la gente que recorría el centro usando barbijo.

En esos meses, la Docta había pasado por tantas transformaciones y procesos que era difícil verla como la misma ciudad que había abandonado aquel jueves de marzo.

Policías en las calles patrullando en todo momento era ahora normal. El silencio de la peatonal y la ausencia de los artistas callejeros ya no incomodaba a nadie. La sensación de apocalipsis en los supermercados y farmacias se había esfumado y ya todos parecían haberse acostumbrado a hacer fila por varias horas para comprar algo. Nadie se sentía incómodo usando barbijo y hasta se podía ver algunas miradas cómplices entre los que circulaban con la cara descubierta porque sabían que estaban rompiendo una norma.

Un brote en el Hospital Italiano y otro en el Mercado Norte había puesto en vilo a la ciudad y cercado a 16 barrios cordobeses. Las idas y vueltas entre una fase y otra seguramente habían provocado un malestar general entre la gente y ahora gobernaba un cierto aire de resignación al mejor estilo de que pase lo que tenga que pasar.

Mi llegada a Córdoba se daba justo cuando comenzaban a flexibilizar las reuniones entre un máximo de 10 personas, y hacía ya varias semanas que estaban habilitadas las caminatas recreativas y los deportes individuales. De a poco, la ciudad comenzaba a salir de su letargo, pero incluso en ese estado de las cosas, para mí era extraño observar esas nuevas calles en donde las reglas habían cambiado por completo, en tan sólo tres meses.

A pocas cuadras de mi ventana, se extendía ahora una nueva peatonal, donde cientos de adultos mayores se ubicaban dentro de círculos amarillos y blancos para hacer fila en las numerosas entidades bancarias de la zona. Esa misma calle, en la que tantas veces había presenciado la vorágine de las mañanas cargadas de rutinas, ahora me ofrecía un amplio espacio por donde caminar sin necesidad de esquivar personas y sin temor de que algún colectivo o taxi me toque bocina por mi andar descuidado.

Las paradas de los colectivos en la Plaza San Martín sólo eran útiles para brindarle sombra a un par de perros callejeros, mientras la estatua de Daniel Salzano, que decora la tradicional esquina del Sorocabana, ya no tenía mucho que observar más que algunos jóvenes aprovechando la calle vacía para andar en rollers o patinetas, y unos pocos niños aprendiendo a andar en bici junto a sus padres.

Los parques de la ciudad recibían a grupos de amigos que aprovechaban la libertad recientemente adquirida para verse las caras en persona, después de varias sesiones de videollamadas que no habían logrado saciar las ganas de encontrarse.

A mi alrededor, Córdoba buscaba volver a la normalidad perdida. Pero, cómo lograrlo si los estudiantes ya no ocupaban el ancho de las veredas hablando de esos exámenes finales que tenían que preparar o de esas frustaciones universitarias que siempre flotaban en el aire, cómo lograrlo si caminar por el Paseo de las Artes ya no era un plan y caer en algún bar de Güemes no era un destino.

Cómo volver a esa normalidad si los colectivos viajan casi vacíos porque todavía hay gente que no puede regresar a sus puestos de trabajo, cómo lograrlo cuando el distanciamiento social es ley y tantos protocolos rigen nuestra cotidianidad.

Cómo se vuelve a la vida pre-pandemia si todo lo desconocido ahora es rutina y transitamos los días con la certeza de que pocas cosas van a volver a ser como antes.

Categorias
Sociedad

NOTAS RELACIONADAS