Del fútbol y otros demonios

Una reflexión a propósito de los #AntiCopaDelMundo

Ante tantos mensajes que circulan por las redes sociales, tantos posteos y cadenas de whatsapp; ante las críticas, los insultos, las comparaciones mediocres. Ante todo esto, y más, me propongo escribir mi punto de vista, que supongo será compartido por muchos.

No estoy al margen (podría ponerle un hashtag adelante, para ser más creativa). Me gusta el fútbol. Obviamente me gusta más cuando, cada cuatro años, se celebra la Copa del Mundo. Y digo “celebra” porque para mí es una verdadera fiesta. Porque vengo de una generación que vió a Argentina salir campeón. La generación de Maradona, Batistuta y Caniggia; Burgos, Goyco y Pumpido. Porque, aunque tenía tan sólo seis años, recuerdo la final del 86 como si hubiera pasado ayer. Ese grito de gol que retumbó hasta en el cielo mismo. Todo el país lo gritó. Tembló la tierra.

Tal vez las nuevas generaciones no lo entiendan. Tal vez les dé lo mismo. Y no necesariamente las nuevas generaciones. He visto personas de mi edad, o más, renegando de la pasión que muchos sentimos por el fútbol. Preguntándose por qué le pedimos más a un pibe que juega al fútbol, que a un gobierno. O pensando que nos preocupamos más por el resultado de un partido que por los chicos que pasan hambre o por la injusticia social.

A las nuevas generaciones las entiendo, o al menos hago el intento de comprender. Crecieron con más de 50 canales de T.V. Para ellos el fútbol es un deporte más entre todos. Conocen la existencia de canales exclusivos, que no sólo les permitió ver infinidad de torneos de Fútbol Internacional, sino también el Tenis Profesional, la transmisión completa de los Juegos Olímpicos, y cuanta competencia se organice en cualquier rincón del mundo. El deporte ha crecido tanto que existen “mundiales” de muchas disciplinas que antes no. Los torneos se han triplicado. Es entendible.

Vengo de una generación que no cuestionaba mucho. Que compartía en familia tanto las series como las transmisiones de fútbol, o las películas de los sábados por la noche. No podíamos ver “dibujitos” mientras los adultos veían cosas de adultos.Vengo de una generación que veía uno o dos canales. Se emocionaba con la radio. Y sabía de política por los programas de Tato Bores.

Crecí en un barrio en el que jugar fútbol era cosa de todos, y de todos los días. Era el juego por excelencia que nos unía: los chicos y chicas más grandes, mujeres, varones, los más pequeños. Todos. El recreo de la escuela se convertía en cancha, y la latita de gaseosa aplastada era la pelota. Porque ¡sí! nos dejaban jugar al fútbol en la escuela (cosa que mis hijos no me creen).

No critico a las nuevas generaciones. ¡Las aplaudo! Celebro que todos podamos pensar diferente, que diverjamos, que discutamos. Eso siempre enriquece.

Pero por favor, no mezclemos las cosas. No plantemos un discurso erróneo, al que rápidamente adhieren todos y lo esparcen, de la misma forma que se esparce un rumor, sólo porque querés manifestarte en contra de la política, en contra del fútbol, en contra del capitalismo, en contra de anarquismo, en contra del socialismo. No mezclemos las cosas

¿Con qué derecho me decís que sólo me emociona el Himno Nacional cuando juega la selección? Como si me conocieras… ¿Con qué autoridad me decís que me importa más un partido de fútbol que el vecino de al lado? Si no sabes como soy, no sabes lo que hago. No sabes que lloro con el Himno cuando lo escucho hasta en la radio.

¿Por qué decís que los argentinos damos vergüenza? Cuando te estas refiriendo a un par de  desubicados, misóginos, que abusaron de la inocencia de mujeres extranjeras. Porque unos pares de  malportados escupieron, agredieron y ensuciaron en un estadio de Rusia. No estamos todos en la misma bolsa, un uno por ciento de argentinos no nos representa a todos. Porque te quedás con la imagen de los hinchas que agredieron a un croata, pero no decís que otros argentinos se metieron en la pelea para defenderlo. Porque para vos es más sufrido un jugador que vió morir a su abuelo, que otro que se sometió a un tratamiento de años por un problema de salud. ¿Quién es quién para señalar si el sufrimiento de unos es mayor que el de otros?.

Entonces dejá de postear que no merecemos la Copa. Dejá de postear la imagen de un Messi feliz con la camiseta de su equipo europeo, y un Messi deprimido portando la celeste y blanca, con la leyenda “Para la empresa Y para el Estado”. Dejá de decir que Islandia merecía más, sólo porque sus jugadores tienen título universitario. ¿De qué estamos hablando?. O que Japón es un ejemplo porque limpiaron las tribunas. No digas que un jugador es mejor que otro porque cobra menos y lo que cobra lo dona para su comunidad. No se necesita ser más o menos sufrido, o tener una vida trágica para ser más valorado o para ser mejor. ¿Qué es “ser mejor”? ¿Qué es “ser un ejemplo”? No hagamos apologías, ni de la pobreza ni de la grandeza, ni del sufrimiento o del éxito. No hagamos apología del altruismo, o del egoísmo; ni de la competencia ni del conformismo. Nos humanicemos un poco más.

Llegamos a un punto como sociedad, en el que no conocemos los términos medios. O sos, o no sos. O sos blanco, o sos negro. Parece que a los que nos gusta el fútbol, somos mediocres, mal educados, rebeldes e incultos. Egoístas, inhumanos e insensibles. Y si sos todo lo contrario, bueno, el Mundial te resbala. ¿Cuándo llegamos a ésto?

Estamos hablando de fútbol. De esa pasión que no se explica, que sólo se siente. Que te hace llorar mientras reís. De la camiseta argentina, de la selección. De esos once que nos hacen estrujar el corazón con cada uno de los 90 minutos; por quienes hacemos promesas, cumplimos rituales y rezamos hasta los ateos. No me digas que soy una inconsciente social, una despreocupada, menos persona, menos solidaria, sólo porque esté enardecida con la Copa del Mundo. Estamos hablando de fútbol.

Al menos yo estoy hablando de fútbol. Y vos ¿de qué hablas?.

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