Librerías de usados y otras aventuras de la Ciudad de Córdoba

Un paseo por la urbe cordobesa y sus atracciones escondidas: las librerías de libros usados

¿Qué tantas cosas se pueden hacer en la Ciudad de Córdoba?
Si sos de entretenerte fácil, se puede disfrutar de caminar por el casco céntrico con la vista en alto, para así descubrir fachadas antiguas, que nos llevan a otra época. Si se mira un balcón, se puede imaginar la vida de quienes viven allí. Se puede redescubrir el espacio que recorrés todos los días, mientras se camina esquivando personas o potenciales regalos de perros en las veredas.

Córdoba también ofrece una opción diferente: recorrer librerías de libros usados. Este no es más que un paseo disfrazado de salida cultural, una visita a otra clase de acontecimiento. Es también descubrir otra parte de la ciudad y, de una manera romántica que no me avergüenza, un viaje al pasado similar al de toparse con las fachadas antiguas. Una invitación a ejercitar ese poder escondido que todos tenemos de encontrar lo extraordinario en lo ordinario.

Si no te gusta leer o no querés comprar ningún libro no importa, el juego es otro: perder el tiempo recorriendo con la mirada todo lo que cada negocio nos ofrece. Cada tapa nueva que se nos presenta puede disparar un prejuicio, puede construir una trama nueva para ese libro o puede recordarnos a algo a alguien. Si este ejercicio mental nos satisface y la curiosidad nos estimula, ya tenemos al menos para una tarde de entretenimiento. 

Las librerías de usado a visitar tienen varias cosas en común: son accesibles económicamente (el libro más caro es el más barato de una librería convencional, o por el mismo monto se puede conseguir al menos dos), suelen tener mucha literatura clásica y variada, ofrecen cosas inconseguibles y nunca se termina de ver todo lo que hay. Algunas de ellas tienen varios tipos de revistas, como las de crucigramas o sopa de letras, las infantiles para pintar, las Hortensia o National Geographic, las de música clásica o de historia. En general todas tienen variedad en novela romántica, histórica o de suspenso. Toda una invitación a revolver y curiosear.

En medio de tanto acopio de papel, a veces resaltan colores o formatos que nos resuenan de algún recuerdo lejano. De golpe, reconocemos lo que estamos viendo y volvemos a sentir la alegría que nos daba ese regalo inesperado de un libro ilustrado de cuentos. Nos transportamos hacia atrás; cada detalle del pasado se hace vívido y se lo siente respirar. Se percibe ese aroma dulzón a bizcochuelo en el aire, mientras hacemos bailar el saquito del mate cocido en la taza y arrugamos el mantel. Viajamos muy lejos pero todavía seguimos parados en esta librería.

El recorrido empieza a media cuadra de Plaza Italia, sobre Ayacucho al 10. La entrada de Librería San Martín consta de dos mesas atestadas de libros en oferta, cubiertas a los costados por dos vidrieras igual de repletas. La vidriera norte suele contener narrativa de escritores consagrados o clásicos, la vidriera sur abarca temáticas como Política, Psicología o Filosofía. En su interior hay mucha amabilidad en la atención y estanterías rebasadas que al acercarse emanan cierto tipo de perfume. La particularidad de este negocio es su colección de literatura argentina, tanto de lo canónico como de aquello que no tiene edición reciente. Posiblemente sea, de las librerías que visitaremos, aquella con ediciones más viejas pero también más baratas. 

A la vuelta, sobre 27 de Abril al 310, está la librería Dylan. Ya desde la vereda se puede ver el despliegue colorido de revistas. Adentro podemos encontrar literatura más contemporánea, como también material reciente de Ciencias Sociales. Hay fascículos sueltos de colecciones sobre historia, sobre turismo, sobre cocina. Hay una mesa bellísima de literatura infantil que da ganas de armarse una chocolatada con galletas para tirarse a leer en el patio con toda la fascinación del mundo. 

Ahora tomamos por Belgrano en dirección a la Avenida Colón. Las próximas dos librerías a visitar son las más grandes del recorrido. 

Sobre Colón al 281 está la Superferia de las Revistas. Es precisamente eso: hay de tejido, de moda, de tatuajes, de diseño de interiores, de decoración, ¡de razas de perros! Cualquier enumeración queda corta. También se pueden encontrar revistas publicadas en el último tiempo como la Rolling Stone o la ya desaparecida Inrockuptibles. Al lado de los cómics de Marvel, está el rinconcito de la nostalgia para la generación de mi papá: números sueltos de revistas de historietas como El Tony o D’artagnan, perfectamente protegidas por un pilotín de plástico transparente. Acá un Patoruzú, detrás un Isidoro Cañones, por allá un Condorito. La Superferia es uno de los pocos lugares de la ciudad donde se puede encontrar la revista-mito de Córdoba, la Hortensia. Por supuesto que hay espacio para libros, con una oferta de editoriales de la talla de Anagrama, Tusquets o Random House. En las otras librerías también puede haber igual oferta, todo depende tanto de la circulación que genera el compra-venta como del azar.

Al frente del Correo, sobre General Paz al 264, está la librería Siglo XXI. En su entrada hay una mesa baja que llega a las rodillas donde se apretujan los lomos de los libros, como si de adoquines de una calle colorida se tratara. Hay bestsellers por todos lados y de todo tipo: de historia política, de sagas infanto-juveniles, de autoayuda, de biografías, de terror. La diversidad de revistas no es la de la Superferia, pero tampoco se queda tan lejos. Al fondo del negocio están, divididos de forma vertical, los géneros: Filosofía, Religión, Historia, Esoterismo, Psicología, entre otros. En la división horizontal, hay un estante de narrativa organizado por orden alfabético, lo que constituye una particularidad en las librerías de este tipo. Muchas veces la misión de ir a buscar algo en específico termina en fracaso; como en otras áreas de la vida, con las expectativas bajas es más fácil sorprenderse. 

¿Cuánto pesará todo el papel acumulado de cada librería? Las estanterías parecen tener la fortaleza de cimientos de edificios, moverlas parece sobrehumano y sumamente peligroso. De sólo pensar en mudar todo este papel a algún otro lado me hace doler la cabeza y desvanecer del cansancio.

Por último, una lista de actividades para hacer en la ciudad que no implican libros: caminar por la peatonal y meterse en todas las galerías posibles; buscar en los edificios antiguos las inscripciones que nombran la fecha de construcción y su arquitecto a cargo; ubicar en lo alto los puntos de reunión de las palomas para tener cuidado de no pasar por debajo; mirar los partidos de ajedrez que se juegan sobre el Pasaje Catalina e hinchar por alguno de los jugadores; sentarse a ver los perros jugar y perseguirse en el Paseo Sobremonte.

La ciudad es como un acontecimiento gigante que en la vida diaria, en el ir y venir cotidiano, nos sobrepasa y está por encima de nosotros. Tal vez haya que detenerse un poco, mirarla con ojos de asombro y volver a perderse en ella.

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