A 40 minutos de Buenos Aires hay un parque de 10 mil hectáreas con bosques donde se entra gratis: la mayoría pasa por al lado sin frenar

A 40 minutos de Buenos Aires hay un parque de 10 mil hectáreas con bosques donde se entra gratis: la mayoría pasa por al lado sin frenar

26 octubre, 2026

A pocos minutos del Obelisco, hay un territorio verde que late con fuerza y que muchos conductores dejan atrás sin mirar. Entre eucaliptos altísimos, talas y ceibos, se abre un mosaico de senderos, humedales y cascos antiguos donde la entrada es libre y el tiempo parece ir más despacio. Es el Parque Provincial Pereyra Iraola: un gigante de unas 10.000 hectáreas que se despliega entre Berazategui, Ensenada, La Plata y Florencio Varela, y que regala una bocanada de aire en plena llanura pampeana.
“Es un bosque vivo, con sonidos que cambian según la hora”, me dijo un ciclista mientras ajustaba su casco. Y agregó: “Lo mejor es que está cerca, es gratis y siempre hay algo nuevo para mirar”.

Dónde queda y cómo llegar

El parque se recuesta entre el Camino Centenario y el Camino General Belgrano, con accesos también desde la Autopista Buenos Aires–La Plata. En auto, el viaje desde la Capital demanda alrededor de 40 minutos, según el tráfico. En tren, la Línea Roca acerca hasta Villa Elisa, desde donde se puede caminar, tomar un colectivo barrial o combinar con bicicleta. Muchos llegan en dos ruedas por calles tranquilas y se internan por senderos amplios y sombreados.
No hay peajes ni barreras: se ingresa sin costo y, en general, durante las horas de luz. Los fines de semana se nota un pulso familiar en las zonas con asadores, mientras que entre semana el parque se siente más silencioso y casi privado.

Un pulmón de biodiversidad

Reconocido como Reserva de Biósfera por la UNESCO desde 2008, el lugar protege ambientes de la llanura platense con pastizales, arroyos y matas de bosque que hospedan aves, mariposas y anfibios. En una caminata breve se ven calandrias, benteveos y carpinteros; con paciencia, aparecen chimangos, zorzales y hasta jotes que planean sobre copas de eucaliptos. “Nunca pensé ver tantas especies tan cerca de la ciudad”, comenta Laura, vecina de Quilmes. “El olor a hojas húmedas te pone en otro modo”.
Además de especies nativas, sobreviven arboledas históricas de casuarinas, plátanos y robles que datan de antiguas estancias. El contraste entre lo exótico y lo local arma un paisaje único donde el verde es protagonista y el canto de los teros marca el ritmo del día.

Qué hacer y por dónde empezar

Caminar es la mejor forma de entender la escala del parque. Los senderos principales son anchos, con buena sombra y pequeñas sorpresas: claros perfectos para tender una manta, puentes rústicos, y charcos que tras una lluvia se pueblan de sapos y renacuajos. La bicicleta multiplica el alcance: en una mañana es posible pasar de zonas de pastizal a túneles de árboles altos y llegar a sectores menos transitados donde el silencio corta la respiración.
Para los que van en plan tranquilo, hay áreas con parrillas, mesas y arroyos poco profundos donde los chicos mojan los pies. Quienes disfrutan de la fotografía encuentran luz filtrada, texturas de cortezas y un catálogo de aves siempre atentas. También sobreviven cascos y viviendas antiguas, testigos de otra época, que asoman entre avenidas arboladas y viveros. “Entrar no cuesta nada; lo que cuesta es decidir frenar”, dice un guardaparque, apuntando a la autopista que ruge del otro lado.

Consejos prácticos para una visita redonda

El parque es grande y, aunque amable, requiere algunas precauciones. La regla de oro: ir de día y llevar lo propio. El resto se resume en pocos pasos:

  • Agua, repelente y protector solar: básicos en cualquier estación.
  • Calzado cómodo y ropa liviana; tras lluvias, los senderos pueden estar barrosos.
  • Bolsa para la basura: lo que entra, vuelve con vos.
  • Respeto por la fauna y la flora: sin perros sueltos ni ruidos fuertes.
  • Fuego solo en sitios habilitados; en días de viento, mejor evitarlo.
  • Mapa o referencia del sector elegido; el área es extensa y el celular puede perder señal.

Los fines de semana hay más movimiento cerca de los asadores y de los accesos, pero a dos curvas el murmullo se vuelve bosque. Si buscás más calma, intentá llegar temprano o probá un día hábil. Y si vas en bici, usá casco y circulá a ritmo tranquilo: los senderos son compartidos con familias y niños.

Un alto en el camino que vale oro

En un país de viajes largos y rutas veloces, este parque invita a cambiar de marcha. No hace falta manejar horas para encontrar sombra, agua y pájaros; tampoco pagar entradas ni reservar turnos. Solo decidir torcer el volante y entrar. “Paré media hora y me quedé toda la tarde”, confiesa un conductor que iba rumbo a la costa. “Volví con otra cabeza”.
La mayoría pasa a toda prisa, con la mente en la llegada. Pero a veces el mejor destino está en el medio del recorrido: un pedazo de pampa arbolada donde el tiempo se estira, el aire huele a hojas y el sol cae filtrado como en un invernadero. Si alguna vez dudaste de frenar, este es el lugar para hacerlo. Porque lo más valioso que ofrece es, justamente, eso que nos falta: espacio, silencio y un rato de naturaleza sin reloj.

Abril Quiroga

Abril Quiroga

Periodista argentina enfocada en la actualidad y el análisis de temas sociales y políticos. Escribo con un enfoque claro y directo, priorizando el contexto y la comprensión de los hechos. En Hablando Claro, trabajo para que la información sea accesible y útil para el lector.