El faro de Cabo Vírgenes quedó atrás cuando Ernesto apagó el motor y respiró el aire salado del confín. Tenía las manos temblorosas, no por miedo sino por la emoción acumulada de miles de kilómetros. Nadie lo esperaba, excepto su propia promesa, esa íntima chispa que a los 78 años decidió encender el camino.
No hubo épica prefabricada ni caravana de apoyo, solo un auto fiel, mapas arrugados y la paciencia de quien aprendió a escuchar el silencio de la ruta. En el parabrisas, pequeñas cicatrices del viento; en el asiento del acompañante, una libreta verde con fechas, alturas y frases que le nacían sin pedir permiso.
Un sueño que se gestó despacio
La idea no llegó de golpe, sino como una semilla tercamente luminosa. Ernesto fue profesor de historia, hijo de mecánico y lector tardío de crónicas de viaje. “La ruta siempre estuvo ahí, yo era el que faltaba”, anotó en la primera página de su libreta.
Viudo desde hace unos años, encontró en el mapa un territorio para ordenar su ausencia. No quiso reemplazar nada: buscó sumar un sentido más a los que ya tenía. “Me cansé de dejarlo para después”, dijo una tarde, mientras afinaba el motor con manos de oficio y paciencia.
La preparación que marcó la diferencia
No improvisó: llevó el auto al taller, cambió correas, revisó frenos, neumáticos y la dirección. Se vacunó, visitó al médico, ajustó sus pastillas y empezó a caminar todos los días como quien entrena para una pequeña hazaña doméstica. “La edad pesa si la dejas quieta”, bromeó con su nieta.
También entrenó el miedo. Salió primero a pueblos cercanos, midió consumos, anotó desvíos, probó dormir en estaciones de servicio. Aprendió a leer nubes y a respetar el consejo del baqueano. “Ir más lento no es ir peor; es ver.”
Lo que no faltó en el baúl
- Un juego doble de correas y fusibles, dos ruedas de auxilio, compresor y parches de emergencia.
- Agua, frutas secas, mate, y un anafe pequeño para café al amanecer.
- Linterna frontal, manta de lana, botiquín con lo esencial y lista de teléfonos.
- Mapas de papel, porque a veces el GPS se vuelve sordo en alta montaña.
- Un cuaderno, birome y una cinta para pegar recuerdos mínimos.
El viaje: norte al sur
Comenzó en La Quiaca, donde el aire es más fino y el saludo más hondo. Subió despacio el Abra del Acay, respetando cada curva como si fuera una oración. “La altura te enseña a callar”, escribió entre sorbo y sorbo de mate tibio.
Atravesó valles polvorientos, iglesias de adobe y mercados donde la música vibra como una cuerda antigua. En Cuyo, el sol refractó en viñedos que parecían espejos de uva y paciencia. Aprendió a estacionar a la sombra de una mora y a beber agua antes de tener sed.
Más abajo, la estepa patagónica se abrió como un mar horizontal. El viento empujó el auto, a veces en contra, a veces a favor, siempre con la terquedad de un maestro. “El viento te habla; no siempre te gusta lo que dice, pero no miente”, dijo en una sobremesa de ruta.
Llegó a la región de los lagos con ojos amplios, dejando que el verde lave el cansancio. Entendió que la carretera no es una línea, sino un tejido de voces: camioneros, perros a la siesta, hornos de pan, hostales con café fuerte y mapas con dedos manchados.
Encuentros que cambiaron el tono
En Jujuy, una mujer le regaló una bolsa de hojas de coca “para engañar a la altura”. En Mendoza, un gomero le explicó por qué el flanco del neumático cuenta su propia historia. En Chubut, un ciclista alemán de 23 años le pidió una foto como si delante tuviera a un héroe.
“¿No le da miedo?”, le preguntaron más de una vez. Respondía con una sonrisa: “Me da más miedo no probar”. Y seguía, porque el miedo, a su edad, aprendió a tratarlo como a un perro callejero: con respeto, distancia y una galleta si hace falta.
Lecciones de vida y de carretera
Descubrió que la paciencia es una forma de valentía. Que los mejores miradores no siempre tienen cartel. Que detenerse a charlar cinco minutos puede evitarte cien de problemas. “No corrí: aprendí a frenar”, anota, como si en esa frase cupiera el itinerario entero.
Entendió que el equipo imprescindible es la humildad. Preguntar, agradecer, avisar, ofrecer una mano, aceptar otra. Vio que el paisaje también te mira, y que a veces te devuelve lo que llevas dentro.
Para quienes aún dudan
Ernesto no se cree ejemplo, se cree curioso. “Si estás pensando en salir, prepara el cuerpo, el auto y la cabeza. Y hacelo a tu modo”, dice. Recomienda elegir una fecha, avisar a alguien de confianza, trazar etapas cortas y aceptar que el plan cambia más que el clima.
Mantiene la costumbre de dosificar la luz: nunca forzar las últimas horas del día. Comer poco y bien, estirar la espalda, revisar neumáticos en cada carga. “El camino es generoso con quien lo respeta”, repite, sin solemnidad.
Cuando apagó el motor en el sur, no hubo aplausos, pero sí una certeza nueva: la de haber llegado siendo otro, sin dejar de ser el mismo. Abrazó el auto como se abraza a un compañero, miró el horizonte, y escribió en su libreta una frase simple que ahora guarda en el bolsillo: “Para empezar, alcanza con un paso”. Y entonces sonrió, porque entendió que la ruta más larga siempre nace en la puerta de tu casa.