La fase decisiva de un proyecto sin precedentes ha comenzado bajo el liderazgo de un socio estadounidense. En Cadarache, el programa ITER entra en una etapa crítica: el ensamblaje final del corazón del reactor, el toro, donde la fusión deberá cobrar vida. El encargo, valorado en unos 168 millones de euros, ha recaído en Westinghouse, que asume la responsabilidad de orquestar una operación tan meticulosa como gigantesca.
Un hito para la fusión y para la ingeniería
El toro es la cámara toroidal que constituye el centro del tokamak, la máquina que busca recrear el proceso estelar en la Tierra. En su interior, un plasma de hidrógeno será calentado por encima de los 150 millones de grados para desencadenar la fusión. Para contener ese infierno controlado, la vasija debe ser hermética, circular y acabada con precisión de micras.
Nueve sectores de acero —cada uno de más de 400 toneladas— deben unirse hasta formar una envolvente perfecta. Las tolerancias son tan exigentes que cualquier desviación podría comprometer la estabilidad del plasma. Por eso, el ensamblaje se realizará en un pozo gigante con equipos de alineación láser, control metrológico continuo y pruebas no destructivas.
Imagen: La fosa del tokamak ITER con dos módulos del sector de la vasija de vacío instalados (fuente: Westinghouse)
De la fabricación al ensamblaje: precisión absoluta
Westinghouse no llega en frío: lleva más de una década implicada junto a Ansaldo Nucleare y Walter Tosto en el consorcio AMW. Entre los tres ya han fabricado cinco de los nueve sectores del toro, dominando procesos de soldadura avanzada y tratamientos térmicos críticos. Ahora empieza la coreografía final, donde contar cada milímetro es tan determinante como contar cada segundo.
El reto es doble: soldar sin introducir tensiones que deformen las placas y, a la vez, garantizar la estanquidad del vacío. Se emplearán cordones multipaso controlados por robot, ensayos por ultrasonidos y radiografía, y un calendario de precalentamientos y enfriamientos calculados al detalle. Todo para que el plasma gire a velocidades extremas sin tocar las paredes internas.
Un proyecto planetario, con metas y plazos exigentes
ITER es una empresa verdaderamente global: 35 países aportan componentes, tecnología y financiación. Europa, Estados Unidos, China, Rusia, Japón, India y Corea del Sur coordinan estándares, tolerancias y logística de piezas monumentales. El objetivo declarado es producir 500 MW de potencia de fusión con 50 MW de potencia inyectada, un hito de ganancia de energía neta.
Conviene recordar que ITER es un demostrador científico, no una planta de electricidad. El proyecto apunta a validar procesos, materiales y sistemas que madurarán en su heredero, DEMO, concebido para acoplarse al sistema eléctrico. Tras varios ajustes de calendario, la meta para los primeros ensayos serios de deuterio-tritio se sitúa en 2035, con integración de imanes y criogenia como pasos intermedios cruciales.
Los desafíos inmediatos del ensamblaje
- Alineación de sectores a tolerancias de micras con control metrológico en tiempo real.
- Soldaduras multipaso con mínima deformación y máxima hermeticidad.
- Gestión térmica para evitar tensiones residuales en estructuras de gran espesor.
- Verificación por ultrasonidos, radiografía e inspección visual reforzada.
- Integración futura con bobinas supraconductoras y circuitos criogénicos.
- Coordinación de calidad, seguridad y plazos entre múltiples proveedores.
Ciencia, diplomacia y paciencia
Cada módulo viaja miles de kilómetros antes de encajar en un rompecabezas de 5.000 toneladas. Esa complejidad técnica se suma a una diplomacia diaria: armonizar normas, compartir datos y resolver interferencias de diseño. Aun así, el impacto potencial —una fuente de energía limpia, densa y virtualmente inagotable— justifica la perseverancia.
“Esto no es el fin. No es siquiera el comienzo del fin. Pero quizá es el fin del comienzo.” La célebre frase de Churchill resume el espíritu de un proyecto que avanza a paso firme, aunque con la prudencia que exige la ciencia de frontera.
Lo que viene ahora
En los próximos meses, Westinghouse coordinará un plan de soldaduras e inspecciones por fases, con hitos de aceptación intermedia y simulaciones de carga. Tras el cierre de la vasija, se encadenarán la instalación de blindajes, los componentes internos del plasma y los sistemas de calentamiento. Cada éxito reducirá el margen de incertidumbre y acercará la primera descarga plasmática plenamente integrada.
La fusión no es una promesa fácil, pero su recompensa es enorme. Con el ensamblaje del toro en marcha y la experiencia de un gigante como Westinghouse, ITER transforma la ambición en ingeniería concreta. Si este paso sale como está previsto, la humanidad estará un poco más cerca de encender, de manera segura, una estrella en la Tierra.