¿Qué se necesita para dedicar más de medio siglo a luchar por la justicia—y para reformar la política de una nación en el camino?
La vida de Jesse Jackson ofrece una respuesta contundente.
El veterano líder de los derechos civiles y ex candidato presidencial falleció a los 84 años, dejando un legado que tocó a millones.
Su familia lo describió como un «líder servidor» que defendía a «los opimidos, los que no tienen voz y los marginados».
No se divulgó la causa de la muerte, aunque Jackson había luchado contra serios problemas de salud, incluidas complicaciones relacionadas con la enfermedad de Parkinson.
El trayecto de Jackson comenzó en el Sur segregado, donde la discriminación no era un concepto abstracto: era una realidad diaria.
Esa experiencia impulsó su activismo.
Marchó junto a su mentor, Martin Luther King Jr., y fue testigo de la historia en primera mano.
Más tarde fundó organizaciones para promover la igualdad económica y la oportunidad.
Legado de un pionero presidencial
Pero Jackson no se contentó con el activismo. Se atrevió a postularse para la presidencia, en 1984 y nuevamente en 1988.
«Yo era un pionero», dijo una vez, recordando las dudas que enfrentó.
Años después, Barack Obama reconoció el papel de Jackson al allanar el camino para su propia victoria histórica.
Jackson creía que la justicia requería acción. Como solía recordar a sus seguidores, el progreso no sucede por sí solo: hay que impulsarlo.
Puede que su voz ya no esté, pero su pregunta permanece: ¿quién llevará la lucha adelante ahora?