¿Cómo se vería reconstruir Gaza desde cero, no parchearla, sino reinventarla por completo?
Esa es la audaz pregunta detrás del plan estadounidense para una llamada “Nueva Gaza”, presentada en el Foro Económico Mundial de Davos.
Piensa en rascacielos de vidrio a lo largo del Mediterráneo, nuevos barrios de viviendas en Rafah, zonas tecnológicas, puertos, parques — incluso turismo costero.
¿Ambicioso? Absolutamente. ¿Controvertido? Sin lugar a dudas.
El presidente de Estados Unidos, Donald Trump, lo enmarcó con su estilo característico.
“Soy una persona del negocio inmobiliario de corazón”, dijo, calificando la ubicación costera de Gaza como “propiedad hermosa” con un potencial enorme.
Su recién formado Consejo de la Paz, presentado en Davos, supervisaría tanto el fin de la guerra entre Israel y Hamás como la reconstrucción del enclave.
El dilema de la reconstrucción de Gaza
Los insiders dicen que la escala es asombrosa. Jared Kushner, quien ayudó a negociar el alto el fuego, señaló que se lanzaron unas 90.000 toneladas de municiones sobre Gaza.
Dejando 60 millones de toneladas de escombros. “Decidimos planificar para un éxito catastrófico”, dijo sin rodeos. Sin Plan B.
El plan divide la reconstrucción en fases, comenzando en Rafah y avanzando hacia el norte.
Un nuevo aeropuerto, un puerto, hubs industriales —incluso centros de datos— están en el mapa.
Pero hay una trampa: desmilitarización. “Sin seguridad, nadie invierte”, enfatizó Kushner.
Los críticos señalan la realidad sobre el terreno. Más del 80% de los edificios de Gaza están dañados o destruidos.
Las necesidades humanitarias siguen siendo graves, y el alto el fuego es frágil.
¿Entonces esto es un plan para la esperanza —o otro gran plan que choca con verdades duras?
Gaza, al parecer, se encuentra en una encrucijada entre la visión y la realidad.