En un giro dramático, el príncipe Andrew—nacido Andrew Mountbatten-Windsor—ha sido arrestado, presuntamente, por mala conducta en el desempeño de funciones públicas. Según los medios británicos.
La policía confirmó que un hombre de unos sesenta años fue detenido, y se llevaron a cabo registros en Norfolk y Berkshire.
Pero esto no ocurre en un vacío. La controversia se remonta a sus vínculos, durante mucho tiempo escrutados, con Jeffrey Epstein.
El financiero deshonrado, centro de un escándalo global.
El escándalo real se profundiza
Documentos recién publicados alegan que Andrew compartió información sensible de viajes oficiales.
Y hasta buscó la asesoría de Epstein en inversiones. Andrew ha negado toda conducta indebida. Aun así, la presión aumenta.
“Este es un movimiento sin precedentes”, comentó un periodista con base en Londres, señalando su caída estrepitosa—de un rol real de alto rango a la vergüenza pública.
Incluso Keir Starmer intervino con contundencia: “Nadie está por encima de la ley.”
¿Qué ocurre a continuación? Las investigaciones están en curso y las autoridades avanzan con cautela para salvaguardar la integridad del caso.
Pero hay una cosa clara: esto no es solo una historia legal. Es un terremoto reputacional para la monarquía.
Y la pregunta real persiste: ¿podrá la corona soportar otra tormenta?